No me cuesta demasiado reconocer mis emociones. Me conozco bastante y sé qué me pasa casi todo el tiempo. Sé qué cosas me ponen triste, sé también que son muy pocas y por eso la gente a veces me tilda de algo insensible. En un tiempo (un pasado no muy lejano) me gustaba alardear de esa fortaleza sentimental, me hacía la superada, pero por dentro nunca lo fui, aunque lograba controlar ciertos aspectos de mi vida por el simple hecho de no esperar mucho de nadie ni nada para no decepcionarme. En la actualidad, soy más conciente que nunca de lo que siento. Ese no es el problema acá. El nudo comienza cuando debo decirles a los demás qué es lo que me pasa. Y la palabra torpeza me viene como anillo al dedo. Soy torpe; soy la persona más torpe que conozco, y mi torpeza aumenta notablemente en frente de alguien que me gusta. Lo único positivo que le puedo llegar a encontrar a esto, es que a veces, algunas buenas personas, confunden esta particular forma de meter la pata, de equivocarme, en ternura. Siempre soy honesta, no la careteo nunca y mucho menos este último tiempo en el que perdí todo interés por mantener relaciones falsas, hipócritas y donde estar con alguien con el/la que no soporto me desagrada mucho y me aburre aún más.
¿Por qué es tan difícil algo tan simple como expresar con palabras o hechos algo que nos pasa adentro? Debería ser algo sumamente sencillo, mucho más simple que esconderlo, pero sin embargo se nos complica tanto. Y se nos complica cuando justamente se trata de un sentimiento puro y sincero, porque si se trata de algo superficial nadie tartamudea, las cosas salen así nomás, fáciles, rápidas, sin sentido.
Yo sé que tarde o temprano (quizá más tarde que temprano) voy a poder sacar todo lo que me pasa y me voy a sentir mucho más liviana, más libre. Pero por ahora estoy pasando por este largo proceso del cual Redfield habla.
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